21 enero 2013

HERMANA CLARA


Un día, el Obispo de una pequeña ciudad de Normandía acudió a un monasterio para pedir a la Abadesa, de gran sabiduría, que destinara a una de sus cien hermanas a predicar en la comarca. La Abadesa después de pedir consejo decidió preparar a la hermana Clara, una joven novicia llena de inteligencia, virtud, con una gran capacidad espiritual para acoger el Amor incondicional de Dios y compartirlo con los demás. La Abadesa la envió a estudiar largos años en la biblioteca del monasterio nutriéndose de la múltiple sabiduría que encerraba. Cuando acabó sus estudios, conocía a los clásicos y dominaba las grandes tradiciones filosóficas y teológicas. Fue a donde la Abadesa y le preguntó: Madre, ¿puedo ir ya? La anciana y sabia Abadesa, la miró percibiendo su interior: en la mente de hermana Clara había demasiadas respuestas,…contestó la Abadesa: todavía no, hija, todavía no. Entonces la envió a la huerta del monasterio donde trabajó de sol a sol, soportando las heladas del invierno y los ardores del estío, arrancó piedras y zarzas, aprendió a esperar el crecimiento de las semillas y a reconocer, por la subida de la savia, cuándo era oportuno podar los castaños. Dejándose cautivar por la belleza y sabiduría de la hermana naturaleza, a hermana Clara se le abrieron otras percepciones de la existencia. Pero aún no era suficiente. La Abadesa la envió a ser tornera del monasterio, donde día a día, escuchó oculta tras el torno, los problemas de los campesinos. La Abadesa la llamó, hermana Clara tenía fuego en las entrañas, y podía leer en su mirada una gran cantidad de preguntas. Y le dijo: Hija, no es tiempo aún. La envió entones a recorrer los caminos con una familia de saltimbanquis. Vivía en el carromato, les ayudaba a montar su tablado e las plazas de los pueblos, comía moras y fresas silvestres,  a veces dormía al raso, contemplando la belleza e infinitud del universo. Cuando regresó al monasterio, llevaba consigo canciones en sus labios y se reía como los niños. Preguntó a la sabia Abadesa: ¿puedo ir ya a predicar, Madre? Le respondió amablemente la venerable Abadesa: Hijita, aún no. La envió a una silenciosa ermita que había en lo alto de una montaña que pertenecía al monasterio, donde vivió en Silencio todo un año, dejándose inundar por el Amor incondicional de Dios, que le descubrió secretos insospechados acerca del misterio de la vida, la multidimensionalidad de la persona humana, las cualidades divinas que Él comparte con nosotros al crearnos a su Imagen y semejanza, le mostró el drama del ego y a su vez la belleza de la vida espiritual. Se había declarado una epidemia de peste en todo el país, y hermana Clara fue enviada a cuidar a los apestados. Veló durante noches enteras a los enfermos, se sumergió en el misterio de la vida y de la muerte. Cuando remitió la peste, ella misma cayó enferma de agotamiento y fue cuidada primeramente por una familia de la aldea, y luego por las hermanas del monasterio. Aprendió a ser débil y a sentirse pequeña, se dejó querer y alcanzó la Paz. Cuando se restableció completamente, la Abadesa la contempló profundamente, y la vio más humana y divina a la vez, tenía la mirada serena y transparente en la que se podía otear la belleza del universo y el Amor incondicional de Dios. Tenía el corazón lleno de nombres… Entonces la venerable Abadesa le dijo: Ahora sí, hermana Clara, ya es el momento de ir a predicar. La acompañó hasta el gran portón del monasterio y allí la bendijo imponiéndole las manos. RELATO ANÓNIMO.