19 junio 2012

Cuentos de la India - Relatos Tradicionales

Eran cinco los discípulos de aquel maestro y todos habían comprendido la enseñanza que les había impartido durante largos años, excepto uno de ellos, que vivía aprisionado entre las rejas del ego.
El maestro se preguntaba ¿qué hacer con él? Sus ojos estaban cerrados a la comprensión de la existencia, tanto como cuando comenzó su sadhana.
Los métodos que siempre había empleado no resultaron eficaces con este discípulo. El maestro cavilaba acerca del mejor modo de ayudarlo en el camino del conocimiento porque sabía que la dificultad no residía en el desinterés sino en la rigidez de las estructuras de su mente, que le impedía superar la barrera de las propias opiniones.
Era un hecho comprobado que el entrenamiento espiritual que había seguido durante años no había sido suficiente. Había que hallar un artificio para que el aspirante pudiera ver la transitoriedad del mundo material y trascenderse a sí mismo.
Después de evaluar varias posibilidades, el maestro decidió, para lograr su cometido, valerse del único bien que poseía: un deslumbrante topacio de mil caras heredado de su familia.
Aquella gélida noche el discípulo y su maestro se sentaron junto al fuego y tuvieron un diálogo fundamental.
-La función del maestro es guiar a su discípulo para que su visión se ilumine -comentó el mentor.
-Muchas veces te he oído decir que todo es transitorio, excepto el estado sublime de la conciencia, que sólo logra quien se desprende de sus apegos. Pero por mucho que lo intento -dijo el discípulo con sinceridad-, no lo consigo. Con frecuencia eso me sume en un estado cercano a la desesperanza que me provoca el deseo de abandonar la búsqueda.
El maestro sabía que la motivación del discípulo era auténtica, aunque sabía también que sus karmas no tenían fácil resolución y creyó que era el momento de poner en práctica un método distinto del usual.
-Hagamos un viaje juntos -propuso.
-Un viaje juntos -repitió incrédulo el discípulo-. Hemos hecho juntos muchas peregrinaciones y no han sido de ninguna ayuda para mi evolución.
-Éste será diferente.
El maestro sacó el extraordinario topacio de una bolsita de terciopelo que llevaba colgada del pecho. En sus facetas se reflejó el fuego.
-Ven conmigo. Viajaremos por el topacio - invitó el maestro.
Después de pronunciar estas palabras el maestro entrecerró los ojos y quedó en estado de profunda concentración. El discípulo comenzó un viaje inigualable. En las mil caras del topacio veía pasar vertiginosamente las más diversas escenas. Pudo ver encuentros y desencuentros, seres de toda clase que entraban y salían de la vida de las personas, amigos que imprevistamente traicionaban a sus mejores amigos, desalmados que ayudaban a sus enemigos, amantes fieles e infieles. El bandido se volvía santo y el santo se transformaba en el más cruel de los asesinos. Vió nacer y morir a sus propios antepasados. Descubrió que el gusto de unos era el disgusto de otros y lo que para unos estaba arriba estaba abajo para otros. Para que unos seres vivieran con holgura muchos pasaban privaciones. Vió monarcas destronados que se convertían en mendigos y pordioseros que se convertían en reyes. Los palacios más fastuosos se tornaban miserables chozas. Donde un día había vergeles, luego quedaba sólo en desierto. Comprobó cómo las cumbres más elevadas se tornaban planicies y de las planicies surgían enormes montañas. Miríadas de seres de todas las formas y tamaños, muchos jamás vistos, aparecían por las caras del topacio. Él mismo, mientras las miraba, adoptaba las formas más extrañas. Universo sin límite pasaban, inestables y vacuos ante sus ojos desorbitados. Lo informe adquiría un contorno y lo manifestado se disipaba a cada momento como una gota de rocío se evaporara con los primeros rayos de sol. Imperios surgían y declinaban. Civilizaciones florecían y se extinguían. Millones de astros se apagaban y otro millones de estrellas se encendían en un espacio sin límites. Era maestro de su maestro y luego el discípulo de su mentor. Era un fakir o un príncipe, un harapiento mendigo o un esclavo al que le habían robado la vista con hierros candentes. Los seres vivos se comían entre ellos según sus diferentes escalas. Incesantemente todo brotaba y se desvanecía. Sus hijos habían sido sus padres o sus abuelos. sus concubinas sus madres; sus esclavos, sus amigos. Infinidad de escenas, lugares, rostros y masas informes nacían y se extinguían simultáneamente en todas las caras de la magnífica gema.
Cuando el discípulo recobró la conciencia ordinaria despuntaba el día. Comenzó a llorar con profundo dolor, tanto como el que había visto en el universo infinito. Había, finalmente, aprendido la lección. ¿A qué puede aferrase un ser?. Miró a su maestro a los ojos, que le devolvieron una mirada de profunda ternura.
Una campesina emprendía su dura jornada de labor. El guía espiritual le obsequió el topacio. Ella lo agradeció con una reverencia. Sus labios era como un rosal sonriente. Inmediatamente tomó un recodo del camino y se perdió en el campo.
-¿Alguna pregunta?
No hubo respuesta. Sólo un silencio perfecto.