20 abril 2012

El auténtico proceso de separación de una pareja

Dar por finalizada una relación de pareja o un matrimonio y separarse físicamente es solo la cara visible de la cuestión. Hacer que nuestra alma se despida de todo lo que fue (y de lo que no fue) es la cara no tenida muy en cuenta de este tema. Si la despedida del alma no ocurre, si no pudimos “soltar” al otro, quizás podremos volver a estar en pareja pero difícilmente estaremos en condiciones de abrirnos al amor. Voy a traer el ejemplo de Teresa, una paciente, cuyo proceso nos ayudará a entender los entre telones de un camino un tanto difícil de recorrer.

Decisión y expectativas

“Esto no da para más. Ya le propuse hablar con los niños y así poner fin a nuestro matrimonio. Necesito rehacer mi vida, olvidarme de él, dejar de sufrir. Desde ahora borrón y cuenta nueva, me duele por los niños, pero a la larga lo entenderán y yo no aguanto más, quiero dar este paso y empezar ya mismo una vida nueva”.

Cuando Teresa trajo estas palabras a mi consultorio pensaba que estaba dando el último paso para cerrar un capítulo importante de su vida. Pero la verdadera separación es un camino del cual Teresa sólo había recorrido el principio. La separación física es la culminación de una parte de un proceso que comienza a gestarse cuando el terreno de la relación de pareja se vuelve árido, la magia se pierde y no hay manera de recrearla. Notamos que la relación se va lastimando y la vida en común nos trae sufrimiento, entonces la idea de la separación aparece al acecho, sobre todo cuando dentro nuestro sentimos que el divorcio ya ha ocurrido más allá de nuestra voluntad, entonces desembocamos en la dolorosa decisión. Pero necesitamos saber que la separación no es un suceso, sino un proceso, un camino que necesitamos recorrer antes, durante y después de separarnos físicamente. Como todo proceso lleva un determinado tiempo, y sólo cuando lo completamos, sólo cuando nuestra alma pudo “soltar” al otro, estamos en condiciones de aproximarnos a la paz que necesitamos para vivir saludablemente.

Como en el caso de Teresa, en algunas ocasiones la separación alimenta la idea que es posible comenzar ya mismo una vida nueva, “borro y comienzo otra vez”. Efectivamente, en ciertos casos, hay quien experimenta inicialmente una sensación de libertad, de movilidad, como si se hubiera liberado de una mochila que le dificultaba la marcha, creyendo que el otro se ha “borrado” mágicamente de su vida: “Ni me acuerdo de él”. Sin embargo con el tiempo, algo sucede y la historia pasada comienza a pesar nuevamente. También hay quienes sienten profundamente la ausencia del otro y acuden al consultorio para que el terapeuta “se lo saque de la cabeza” o, para usar las palabras de Teresa, “se lo extirpe” para que pueda rehacer su vida.

“Extirpar” al otro

Abordar la separación con esta mentalidad “quirúrgica” alimenta expectativas que sólo traen desilusión. En el alma no existe el olvido, nada se puede borrar ni extirpar: Podría amputarme una pierna, pero aún en ese caso, tendré la presencia de esa ausencia. Así sucede con las relaciones íntimas, por eso un vínculo nunca termina, mucho menos cuando hay hijos de por medio. Podemos terminar la relación, pero el vínculo sólo podemos cambiarlo, transformarlo y si queremos reabrirnos a la salud emocional y al amor, necesitamos la mayor dedicación para lograr que ese vínculo quede inscripto lo mejor posible dentro nuestro.

Decir estas palabras en el proceso de separación cae como sal sobre una herida. “¡Cómo querés que quede con un buen vínculo con ese chanta!”, intentaba explicarme Teresa.

Es esperable que luego de una separación –en especial si fue algo tormentosa– queden sentimientos intensos que necesitan expresarse, nos sentimos tomados por el odio o nos situamos como víctimas “involuntarias” de las acciones del otro con el consiguiente resentimiento. Entonces queremos buscar sosiego por el camino equivocado: borrar nuestra ex pareja del mapa, “para mí, de ahora en más, no existe”, decía Teresa, sin advertir que el ex marido forma parte indisoluble de su historia. Sucede que cuando no conseguimos superar el odio y el resentimiento normales de los primeros momentos, cuando quedamos estancados en ese enojo, aquél que queremos olvidar aparece en nuestra escena actual, nos dice “aquí estoy” en cada sentimiento intenso que experimentamos. Es difícil despedirse, por eso a veces elegimos quedar ligados por el odio. Pero esta manera de estar unidos nos causa daño tanto a nosotros como a nuestros hijos, por eso necesitamos superar esta situación. Resulta crucial descubrir esta paradoja: Creemos que el odio y el resentimiento son factores de separación, cuando en realidad nos mantienen unidos y nos dificultan la despedida. Porque de eso se trata, de posibilitar la despedida. ¿Pero cómo podríamos despedirnos de quien tenemos tan presente todo el tiempo?

Aceptando la propia historia

En ninguna relación afectiva cercana podemos borrar al otro. “Mi hermano ha muerto para mí”, por ejemplo, es otra de las expresiones representativas de un intento inútil. No es posible borrar lo que sucedió, nos guste o no lo sucedido está dentro nuestro y sólo cabe aceptarlo.

“Vos dirás lo que sea pero yo estoy en camino de borrar esa parte. Para qué quiero conservar algo que es puro dolor”, afirmaba Teresa. Sucede que al borrar parte de nuestra historia, borramos una parte nuestra, queda un hueco, un vacío y esa sensación nos ha de perseguir por la vida impidiéndonos el acercamiento a la paz interior y la felicidad. Justamente en los momentos en que nos hemos sentido felices decimos espontáneamente, “me siento pleno”, o sea completo, y eso no ocurre cuando pretendemos borrar una parte.

Necesitamos aceptar nuestra historia. Aunque la aceptación tenga mala fama y pareciera un gesto de debilidad, sin embargo sólo se trata de reconocer lo inevitable: Aceptamos lo que sucedió, simplemente porque ha sucedido, es un hecho, es pasado. Puede no gustarnos, podemos querer no repetirlo, pero la falta de aceptación de lo ocurrido nos lleva sin darnos cuenta hacia una batalla perdida: luchar contra lo que fue. Si pudiéramos detenernos y reflexionar en calma nos sorprendería cuan a menudo estamos sutilmente trabados en una batalla con el pasado, gastando energía en el inútil trabajo de cambiar lo que fue.

Dicho así pareciera que nadie se embarcaría en algo que parece un acto fuera de toda lógica, sin embargo, si pudiéramos acallar nuestras argumentaciones y pensamientos e indagáramos en lo profundo de nuestro corazón nos descubriríamos, más de una vez, embarcados en ese intento.

Esquivando al dolor

Negar el pasado o procurar torcerlo parece una estupidez, sin embargo el hecho que esta acción se repita no es una muestra de ineptitud, sino un intento fallido para evitar el dolor. En ese sentido evitar la aceptación es un acto que tiene su inteligencia interna y el odio y el resentimiento son herramientas que nos evitan entrar en la aceptación y el dolor. Al principio hay un alivio aparente, pero cuando la situación perdura, el costo a pagar es infinitamente caro.

Volviendo a nuestro ejemplo. Teresa quería borrar al ex marido de su cabeza porque era “odiable” y traía pruebas contundentes, al menos desde su punto de vista: “No me pasa el dinero suficiente, no se ocupa de los niños como debería, yo estoy desecha y él la pasa de lo mejor...” Los reclamos ocuparon sesiones y sesiones, estaba completamente aferrada a la “justicia” de sus reproches. Sucede que ni bien ocurre la separación nos parece muy importante saber quien tiene la razón y no queremos saber nada de responsabilidades compartidas, como si asegurarnos que estamos del lado de la “justicia” sirviera para algo. Es sorprendente la energía que gastamos en declarar al otro como culpable de todos nuestros males y lo poco que esto nos alivia. Aunque logremos que un tribunal universal declare nuestra inocencia y la culpabilidad total del otro, igual estaremos tristes porque la razón en cuestiones del corazón es un instrumento ineficaz. Lo más importante es aquello que era tan bueno y se quebró, o quizás lo que nunca pudo ser; éste es el dolor que subyace y no lo podemos aliviar con justicia. Al principio creemos haber entrado en el dolor porque estamos sufriendo, tal como me decía Teresa: “Estoy aquí desecha en un mar de lágrimas y me decís que no he entrado aún en el dolor” “Te he dicho todo lo que me ha hecho sufrir su forma de ser”. Pero en ese sufrimiento se oculta el resentimiento: “Sos vos quien me hacés sufrir, es tu culpa”, estoy centrada en el sufrimiento debido a las acciones del otro.

Entrar en el dolor es poder entrar en contacto con la tristeza, de la misma manera que cuando muere un ser querido; a nuestro corazón poco le importa de quien fue la culpa, sólo siente el dolor inmenso de esa ausencia.

Con el tiempo vamos descubriendo que ya no necesitamos escaparnos por la vía del enojo, como si nuestro corazón pudiera decir: Que pena que fue así; que triste es esto que nos pasó! Así como detrás del odio está el dolor y la tristeza; detrás de la tristeza está el amor que nos devuelve nuestra conexión con la vida.

El papel del enojo

No se trata de suprimir el enojo, de hecho en los momentos previos y posteriores a la ruptura es muy difícil no enojarnos y por lo tanto necesitamos expresar y canalizar nuestro odio de la forma que menos daño cause. Por otro lado, como ya dijimos, si pudiéramos trascender (no suprimir) lo que aparecería debajo es el dolor, dolor por lo que no fue, el dolor de la renuncia a las expectativas que teníamos, el inmenso dolor por la pérdida de la familia tal cual era y tanto queríamos. A veces “duele tanto dolor”, entonces tomamos el camino del enojo como una alternativa menos dura, y el enojo cumple allí cierta función. Sin embargo si nos estacionamos en el reproche hacia el otro, nos ubicaremos en una situación que daña a nuestros seres más cercanos, pero por sobre todo nos daña a nosotros mismos, porque el odio daña a quien lo posee. Cualquiera de nosotros sabe por experiencia el estado de displacer y sobresalto en que caemos cuando estamos tomados por el odio. El resentimiento aleja al amor. Cuando estamos resentidos no podemos disfrutar ni siquiera de aquello que más deseamos, por ejemplo, nuestros hijos. Es verdad que los hijos nos calman y nos conectan con el amor y muchas veces son un bálsamo, pero necesitamos estar bien, independientemente de ellos, porque de lo contrario ellos perciben que son el vehículo de nuestro bienestar y resulta demasiada carga para un niño sostener la felicidad de un padre o una madre. Podemos nutrirnos de su amor, pero sin usar su columna vertebral de bastón para sostenernos.

No hay hechos, solo interpretaciones de los hechos

Superar el odio es una frase, pero ¿Cómo lograrlo? Cómo calmarse cuando estamos inmersos en una cantidad de “hechos” que nos instalan en el lugar del enojo. Sucede que lo que me enoja no es tanto el hecho como la interpretación que yo hago de él.

Para aclararlo, sigamos con el caso de Teresa. Uno de sus primeros relatos fue la supuesta infidelidad de su marido con una compañera de trabajo. Tal como ella lo contaba parecía que el futuro de la pareja dependía de la comprobación de ese hecho. Su actitud era similar a la de un “detective profesional”. Revisaba celulares, notebooks, correos, bolsillos, automóvil, cestos de basura….. todo aquello que pudiese revelar alguna “prueba”. Si era verídico todo se acabaría y si era falso todo seguiría “normalmente”. Recuerdo su asombro cuando le pregunté qué interpretación tenía ella de lo que estaba sucediendo, más allá si era cierto que hubiera de por medio una amante o no. Con la cara roja me increpó: “¿Cómo más allá de que sea cierto? ¿O sea que para vos el hecho que mi marido me haya traicionado o no es sólo un detalle?”. Lo que yo trataba de mostrarle es que una infidelidad no tiene una interpretación fija, tal vez sea la muestra de una crisis momentánea de la pareja, una crisis personal, o quizás se trate de la evidencia de irreparables desencuentros profundos, etc., etc. También podríamos pensar en distintos “grados de infidelidad”, considerando cuestiones como si se trató de un único encuentro, si hablamos de una “profesional” con costo incluido, si llegó a establecerse o no un vínculo con la otra persona, el tiempo transcurrido, la frecuencia etc., etc. Con esto no quiero minimizar ni hacer una apología de la infidelidad, porque desde ya es una sorpresa nada agradable para quien le toca sufrirla, pero sin embargo para mí lo más importante es lo que le sucedió y lo que le está sucediendo por dentro a la pareja, más allá de la existencia o no de un/una amante. Esto es, puede no haber amante y la pareja igualmente estar mortalmente dañada.

Así como una infidelidad puede tener distintas lecturas, resulta crucial para aflojar el enojo, aceptar que la entera relación de pareja tiene, al menos, dos lecturas: la de cada uno de los integrantes y que no hay una verdad, sino sólo miradas. Cuando miro un hecho lo estoy haciendo con los anteojos construidos con los materiales de mi historia, que pueden tener diversos y variados tonos, y esa es MI verdad y no “la verdad” mientras el otro tiene SU verdad. Esto no resulta novedoso, al contrario, nos cansamos de declamarlo por fuera, sin embargo por dentro pensamos que nuestra verdad es “más verdadera” que la del otro. En las acaloradas discusiones que rodean a la ruptura de la pareja tratamos de imponernos ya que es más fácil pensar que el otro es un necio que aceptar que su verdad y la de uno no coinciden y admitir la tristeza del desencuentro que está aconteciendo.

Preparando la despedida

El odio nos ata irremediablemente a aquél de quien, justamente, estamos intentando separarnos. Necesitamos corrernos de ese sentimiento que es fuente de displacer. Dijimos que un camino posible era contemplar que nosotros tenemos sólo una interpretación de lo ocurrido, mientras que el otro tiene otra mirada, y que lo más importante no resulta saber cuál es la “verdadera”, quien tiene la “razón”, sino reconocer que el encuentro no se produce (y eso es triste!), y así damos paso a la posibilidad de estar tristes por el desencuentro sin estar enojados, y entonces ya no necesitar más acusar al otro, o dicho de otra forma, podemos aproximarnos al discutido tema del perdón.

“O sea que después de todo lo que me hizo, ahora pretendés que disfrute de mi perdón. Así él queda tranquilísimo y yo muerta de bronca”, protestaba Teresa. El perdón también tiene mala fama, se ve como una gracia que se le otorga inmerecidamente al otro cuando deberíamos mirarlo como un gesto de consideración hacia nosotros mismos, porque perdonar es esencialmente cancelar las demandas, las condiciones y las expectativas hacia el otro, es aflojar los requerimientos para que sea o actúe de determinada manera. Es reconocer lo inevitable: El otro es quien es. Cómo si pudiéramos decirnos, parafraseando a Fritz Perls:

Hubiese sido maravilloso que hoy me encantara tu forma de ser, como sucedió allá y entonces.

Me hubiera gustado que hubieses actuado a la manera que yo necesitaba, pero vos no estás aquí para ser quien yo quiero que seas, quizás tampoco yo actué de la manera que vos necesitabas.

Sería de mucho beneficio que pudiéramos aceptar –de corazón– que cada uno es quien es, porque en el fondo los dos queremos lo mismo:

Ser aceptados tal cual somos.

Así, puedo no elegir estar a su lado, puedo no olvidar lo sucedido, de hecho, algunas veces es bueno recordar para protegerse o para aprender de la experiencia, pero puedo perdonar.

En las relaciones íntimas la mayoría de los conflictos se asientan en expectativa que el otro cambie, que deje de ser quien es y como ese intento está destinado al fracaso vamos fabricando una consecuencia inevitable: el enojo. Por eso cuando cancelamos estos requerimientos -y a eso yo lo llamo perdón- liberamos la energía que consumíamos en torcer “las equivocaciones” del otro. Es sorprendente la energía física y psicológica que lleva sostener el odio.

Este razonamiento reparador vale aún para nosotros mismos, porque no sólo puede haber enojo, en su lugar puede aparecer la culpa que no es sino enojo contra nosotros mismos. En este caso no se trata de las “equivocaciones” del otro sino de las propias. Es necesario recordar que todos hacemos lo mejor que podemos dada nuestra historia y nuestras posibilidades. Esto lo declaramos, pero en el fondo no lo creemos. Nos decimos fracasados sólo porque la realidad no coincide con las expectativas que tuvimos o tenemos. Solemos recriminarnos: debería haber hecho esto, debería haber dicho o debería haberme callado….. pero lo cierto es que no pudimos hacer otra cosa y podríamos probar –y como terapeutas solemos hacerlo– que cada uno hizo lo que podía. Si entendiéramos esto con el alma cancelaríamos las demandas, porque para colmo son demandas sobre el pasado que sólo nos agregan un sufrimiento inútil, y podríamos conectarnos con el amor incondicional hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Un lugar en el alma

Cuando conseguimos, de corazón, cancelar las demandas, cuando pudimos penetrar en nuestras creencias y actitudes para descubrir las expectativas escondidas (sobre mí y sobre el otro) y renunciar a ellas, damos paso a la posibilidad de encontrarnos frente a frente, desnudos de toda armadura, vulnerables, con todas nuestras fortalezas y debilidades, invadidos quizás por la pena de lo que no pudo ser o de lo que se perdió, pero llenos de bondad y aceptación, sólo entonces podremos darle un lugar en nuestra alma, el lugar que tuvo en nuestra vida, no más, pero tampoco menos.

Así llegamos al final del camino y ahora sí estamos en condiciones de despedirnos y lo haremos con un escrito de Hellinger:

Te quise mucho. Todo lo que te di, lo di con ganas.
Tú me diste muchísimo y lo honro.
Por aquello que entre nosotros nos fue mal,
yo asumo mi parte y te dejo la tuya
Y ahora te dejo en paz...

Entonces recién podrá volver a nosotros la paz interior y la conexión con la fuente de amor incondicional que tenemos dentro, aquella que nos ayuda a cerrar dolorosamente esta puerta y nos guiará para lograr percibir las puertas que la vida nos irá abriendo a cada paso.


"Todo (No) Terminó". Prólogo de Jorge Bucay
Enviado por Lic. Fabián Ariel